¿Tu siesta dura tanto o más que la hibernación de un oso? Este es el artículo que estabas buscando.

¿Cómo afecta la siesta a tu sueño?

Al contrario de lo que insinúa la creencia popular, el gusto por las siestas que compiten con el periodo de hibernación de la rana de la madera no te convierte -necesariamente- en una persona perezosa y de bajas ambiciones, ni aunque tengas más de 12 años (o menos de 70) ni estés a 39º de fiebre. Probablemente, pocas personas hablarían en contra de los voy-a-echarme-un-rato que se nos van de las manos y se prologan hasta antes de la cena; a excepción, claro está, de sus poco deseables consecuencias.

Como hemos dicho, no podemos abogar en contra de la siesta cuando las connotaciones que suelen asociarse a ella (relajación, tranquilidad, tiempo libre…) son aspiraciones frecuentes en nuestro estilo de vida ajetreado. Sin embargo, sí debemos alertarte de sus beneficios y riesgos para que, en adelante, puedas planificarlas mejor de acuerdo a tus actividades.

Antes de entrar en materia, un minuto de teoría:

¿Has oído hablar de la homeóstasis del sueño? Se trata del equilibrio que busca el cuerpo en las funciones de sueño y vigilia. Cuando hay falta de descanso, el equilibrio homeostático induce somnolencia; cuando te resistes a esta somnolencia y después por fin caes dormido, produce un “rebote” en intensidad y duración del sueño para compensar la falta anterior. Este proceso está regulado por una hormona llamada adenosina (cuyas némesis naturales son la cafeína y la teofilina), vinculada a los ciclos circadianos. Estos funcionan de forma óptima cuando seguimos un horario de sueño regular.

La “presión del sueño” se refuerza con cada hora de vigilia y se debilita con cada siesta-hibernación. Las consecuencias de esta son la incapacidad para conciliar el sueño por la noche, la desorientación y la somnolencia al despertar (inercia del sueño) e incluso la alteración del tránsito digestivo, lo que puede ponernos de mal humor.

Esto sucede porque, después de unos 20-30 minutos, entramos en fase de sueño profundo, activamos las funciones reparadoras y, cuando el cuerpo ya se ha entusiasmado, le damos un stop brusco. Es normal que se queje.

Ahora sí: ¿cómo planear la siesta?

La forma de echar una siesta para beneficiar a la mente sin engañar al cuerpo es sencilla: dormir una siesta de, a lo sumo, 30 minutos y levantarnos antes de entrar en sueño profundo. Aunque parezca poco (sí, lo sentimos), es suficiente para mejorar el estado de alerta y el rendimiento durante el resto del día. Si sentimos somnolencia al conducir, es recomendable parar en un lugar de descanso para dormir unos 20 minutos. De lo contrario, nos arriesgamos a sufrir un accidente.

Debemos aclarar que todo depende de las circunstancias. Si es fin de semana y planeamos trasnochar, una siesta-hibernación es sin duda una aliada bienvenida que nos ayudará a estar activos en unas horas a las que normalmente plancharíamos la cama. Por otro lado, una persona que está acostumbrada a echarse una siesta de un determinado tiempo de forma regular sin que ésta le afecte negativamente, no tiene por qué modificarlo. Se trata de que cada persona conozca sus ciclos circadianos y los hábitos que le funcionan mejor.

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